Mi infancia guarda algunos borrosos recuerdos alimentados por algunas fotos amarillentas y ajadas, de los cisnes blancos del Parque Camet.
Este parque, tremenda excursión para mis pocos años, tenía, apenas atravesada la entrada principal, un pintoresco juego mecánico con el presuntuoso nombre de "El lago de los cisnes"
En un estrecho y ondulante espejo de agua, nueve cisnes blancos de fibra de vidrio en fila se deslizaban rítmicamente a centímetros de la orilla, transportándonos alegres y sorprendidos sobre sus lomos, entre sus alas apenas elevadas.
Dos vueltas enteras calculo que daban, entre los penachos de las pajas bravas y los juncales que tapizaban la isla central, alrededor de la cual giraban los ingenios.
Recuerdo todavía la alegría que me producía dar una vuelta en ellos y sobre todo recuerdo la ansiedad en el embarcadero hasta que me llegaba el turno de subir.
El juego mecánico dio felicidad a montones de chicos como yo hasta hace unos cuantos años, cuando por una cuestión de burocracia municipal y desidias compartidas, los cisnes fueron radiados de su hábitat natural.
El tiempo fue borrando las marcas del mecanismo en el lecho seco del lago, algunos amigos de lo ajeno hicieron lo demás y los cisnes del Parque Camet fueron volando sin escalas hasta el reino del olvido.
Ahora bien...¿ dónde fueron a parar los nueve cisnes blancos?
Algunos dicen que sobrevivieron su destierro y resisten en algún lugar de la provincia de Córdoba, como atracción del mítico Hollywood Park, otros juran haberlos visto desde la ruta 12 en un paraje olvidado de Entre Ríos y no falta el que asegura que andan dando vueltas en un lago artificial con poquita agua en el polvoriento San Juan.
Otros, dejando de lado todo atisbo de romanticismo, concluyen que fueron consumidos por el fuego durante la ola de incendios intencionales en los depósitos municipales de 1992.
Sin embargo, cuando a veces algún mediodía entre semana me lleva cerca del Parque Camet y mi yo interno siente ganas de sacudirse las melladuras que la vida se olvida de zurcir, cuando tengo ganas de caminar en soledad y silbando bajito, con la brisa del mar frotándome la cara... que se yo... desde la calle principal es como que todavía veo los largos cuellos y los ojos rojos y ese color tan blanco que no parecía ser de fibra de vidrio, de alguno de los nueve cisnes, esperándome para volver a soñar...
De "Mitos y Leyendas apócrifas de la Costa Galana"
G. Chuschín - 2009 |